(1810 - 1896)
Zoólogo alemán. Su labor científica fue enorme en el campo de las investigaciones zoológicas. Sus aportes se plasmaron en obras sobre mamíferos, aves, insectos, reptiles y moluscos.
Siglo XVIII El período colonial intermedio
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El cultivo de la caña de azúcar siguió desarrollándose en el siglo XVIII. Todavía predominaba como cultivo comercial el del tabaco, pero comenzó entonces un lento desplazamiento de los vegueros (cultivadores de tabaco) por los hacendados azucareros. Esta es la época en que comienza lo que el polígrafo cubano Fernando Ortiz denominó “el contrapunteo del tabaco y el azúcar”. Aquél, cultivado en pequeñas propiedades familiares, contrastaba con las grandes plantaciones de caña, que sólo podían explotarse con trabajo esclavo y requerían inversiones mucho mayores. Al desplazamiento de los vegueros por los azucareros contribuyó notablemente el hecho de que, a principios del siglo XVIII, el gobierno español estableció un monopolio estatal sobre el tabaco, que pasó a comprarse a precios generalmente poco favorables para los propietarios de vegas (hubo varias rebeliones, violentamente reprimidas, contra este monopolio).

Junto al auge de la aristocracia habanera (llamada a veces la “sacarocracia”), se produjeron algunos cambios que sentarían las bases para un ulterior desarrollo cultural. Así, en 1711 se creó, de manera estable, el Real Tribunal del Protomedicato, que autorizaba, habilitaba o prohibía el ejercicio de las profesiones de médico, cirujano, boticario, y el de las comadronas. El protomédico y tres boticarios elaboraron una Tarifa de Precios de Medicina, que pasó a ser, en 1723, el primer impreso cubano. El impresor, y presumible introductor de la imprenta en Cuba, fue Carlos Habré, natural de Gante (en la actual Bélgica).

En 1724, después de varios intentos al respecto, se logró el establecimiento en La Habana (y poco después en Puerto Príncipe, hoy la  ciudad de Camagüey) de un colegio de la Compañía de Jesús (la orden religiosa generalmente conocida como “los jesuitas”). La enseñanza en este plantel era muy rigurosa y abarcaba también las ciencias. El Colegio San José pronto se convirtió en el preferido de las clases pudientes habaneras, incluso después del establecimiento, en 1728, de la Universidad de La Habana, que pertenecía a la Orden de los Predicadores (“los dominicos”). En la universidad comenzó a enseñarse medicina (aparte de leyes y teología), que antes había que estudiar en España o en la Nueva España (México). Después de 1767, cuando se produjo la expulsión de los jesuitas de España y sus dominios, el colegio jesuita se convirtió en el Real Seminario de San Carlos y San Ambrosio, que en las primeras décadas del siglo XIX tuvo singular importancia, mientras que la iglesia del colegio pasó a ser (y todavía es) catedral de La Habana.

La principal industria de la capital de la colonia era la construcción de barcos. En 1713 se estableció oficialmente un astillero estatal: el Real Arsenal de La Habana. Llegó a emplear, en determinados momentos, hasta 2000 trabajadores. Gracias a la presencia de grandes bosques con maderas idóneas para la fabricación de embarcaciones y a un adecuado financiamiento, este astillero pronto se convirtió en uno de los más importantes del mundo. Fabricaba fundamentalmente navíos de guerra para la armada española. En 1762, al ser tomada La Habana por un ejército inglés, los ocupantes destruyeron las principales instalaciones del astillero y se apoderaron de algunos barcos. Al restablecerse el dominio hispano en 1763, se restauró rápidamente el Real Arsenal, y ya en 1769 se construyo allí el mayor buque de guerra del mundo en aquella época, el Santísima Trinidad.

La gran fábrica de barcos establecida en La Habana tuvo que competir con los intereses azucareros, que aspiraban a apoderarse de los bosques reservados para la construcción naval. Los ingenios azucareros utilizaban la madera como combustible y para fabricar las cajas y los pequeños toneles (o bocoyes) donde se envasaba el azúcar para su transportación. La pugna entre el astillero y los hacendados fue ganada por estos últimos a principios del siglo XIX, en detrimento de los bosques del occidente del país, de los cuales pronto quedaron muy pocos (lo cual obligó al gradual traslado de muchos ingenios habaneros hacia la zona de Matanzas).

Durante los nueve meses de la ocupación inglesa de La Habana, los comerciantes británicos introdujeron miles de esclavos africanos en Cuba. El comercio de esclavos era uno de los principales rubros de “exportación” de Gran Bretaña, que durante el siglo XVIII se convirtió en la potencia negrera por excelencia. Ello le permitió desarrollar, en sus propias colonias, una explotación intensiva de la fuerza de trabajo esclava que, conjuntamente con algunas otras características organizativas, constituyó el modelo de la “economía de plantación”.

Desde 1791, cuando Cuba comienza a sustituir a Haití (sumido en una revolución de esclavos) como gran exportador de azúcar, hasta fines de la cuarta década del siglo XIX, Cuba se regirá por una economía de plantación, sin cambios técnicos apreciables en la producción. El principal teórico de esta política económica fue el destacado economista Francisco de Arango y Parreño (1765-1837), quien –sin embargo– siempre subrayó la necesidad del perfeccionamiento técnico de la industria azucarera.   

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