(1838 - 1904)
Zoólogo, botánico y médico. Desarrolló una amplia labor en la Real Sociedad Económica de Amigos del País de La Habana. Autor de un depurado estilo literario, dio a conocer numerosas contribuciones científicas.
Siglo XVIII El período colonial intermedio
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El auge económico se expresó en la creación en La Habana de una Sociedad Económica de Amigos del País (1793) y de un Real Consulado de Agricultura, Industria y Comercio (1794). De hecho, a pesar de que el gobierno de la metrópoli se hacía cada vez más conservador (como reacción a la Revolución Francesa), en Cuba se iniciaba un movimiento renovador (llamado a veces “el primer movimiento reformista”) que tuvo importantes expresiones culturales en el Papel Periódico de La Havana (1790) Entre sus primeros redactores estuvieron el conocido médico Tomás Romay (1764-1849) y el presbítero José Agustín Caballero (1762-1835), iniciador de una campaña contra la filosofía y la educación escolásticas desde su cátedra en el Real Seminario de San Carlos y San Ambrosio. Tanto en la Sociedad Económica como en el Papel Periódico se trataron temas científicos. La Sociedad Económica, que creó la primera biblioteca pública que tuvo el país, fue especialmente influyente en cuestiones relacionadas con la educación.

Las expresiones culturales más importantes de este movimiento fueron precedidas por un hecho que no puede ser pasado por alto: la publicación, por primera vez en Cuba, de un libro científico, que –por añadidura– había sido escrito en el propio país. Se trata de Descripción de Diferentes Piezas de Historia Natural, cuyo autor fue el naturalista aficionado portugués Antonio Parra. Este libro, impreso en La Habana en 1787, es –sobre todo– un catálogo comentado de las colecciones con las cuales Parra estableció el primer museo que tuvo Cuba, un gabinete de historia natural (sus muebles aparecen descritos e ilustrados en la obra), que existió menos de diez años. El principal valor científico de este impreso radica en sus muy precisas ilustraciones de varias especies de peces, a partir de grabados sobre planchas de cobre realizados por un hijo de Parra. Gracias a estas láminas, el libro atrajo la atención de varios naturalistas europeos de renombre.

Diez años después del libro de Parra, tuvo lugar la publicación de todo un conjunto de trabajos científicos de interés. Por ello el historiador de la ciencia José López Sánchez llamó a 1797 “el año de la eclosión científica”. Entre estas obras estuvo un importante ensayo de Tomás Romay sobre la fiebre amarilla, y otro, escrito por Antonio Morejón y Gato, donde –según algunos autores– por primera vez en América se trata del análisis de suelos. También se publicaron obras de apicultura, sobre la producción de azúcar, acerca de la práctica quirúrgica, y en torno a algunas plantas del país. Circuló, en manuscrito, la Filosofía Electiva, de José Agustín Caballero. Además, en el propio año se realizó, por Manuel Calves, la primera defensa pública de la teoría heliocéntrica de Copérnico.

En 1795 llegaron a Cuba integrantes de la Real Expedición Botánica a la Nueva España, y al año siguiente arribó al país la Real Comisión de Guantánamo, más conocida como la “expedición del conde de Mopox”. El conde era Joaquín de Santa Cruz y Cárdenas, noble habanero radicado en la corte madrileña. Mopox (quien también era conde de Jaruco) auspició, en 1797, el primer intento, realizado en el país, y fallido, de acoplar una máquina de vapor a un molino de caña (sólo en 1817 tendría éxito, en Cuba, dicho acople). Esta expedición “de fomento” (es decir, con fines económicos) no logró fundar una villa en Guantánamo (su principal objetivo), pero sí realizó varias exploraciones y colectas de interés científico a lo largo del país. Al fallecer el botánico de  la Comisión, Baltasar Manuel Boldo, fue sustituido por el médico habanero (y discípulo de Tomás Romay) José Estévez (1771-1841), que había colaborado previamente con botánicos de la mencionada Expedición a la Nueva España. Estévez viajó a España al concluir las labores de la Comisión. Allí compuso, completando así un manuscrito de Boldo, la primera Flora de Cuba (que sólo se publicó en 1990) y parece haber sido el primer cubano en estudiar ciencias (sobre todo química) en Europa. A su regreso a La Habana se destacó por la ejecución de muy precisos análisis químicos.

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