(1832 - 1886)
Abogado y profesor. Notable escritor sobre temas de Jurisprudencia, Literatura y Filosofía. Publicó importantes artículos sobre Derecho, Literatura y Filosofía a partir de 1850 en las más importantes publicaciones periódicas de la época.
Siglo XIX El período colonial tardío
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En este contexto se crea, en 1861, con pleno carácter oficial, la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, única de su tipo que existió en una colonia hispana. Por primera vez tuvieron las personas interesadas en las ciencias un espacio dedicado al debate, a la presentación de trabajos y al contacto con instituciones homólogas de otros países. La creación de la academia se debió sobre todo a las persistentes gestiones e importantes relaciones de quien fue su presidente durante 30 años, el cirujano Nicolás José Gutiérrez, mencionado anteriormente. Entre los miembros fundadores estuvieron Felipe Poey, Alvaro Reynoso, el médico Ramón Zambrana, el geólogo Manuel Fernández de Castro y un total de 30 personalidades del incipiente mundillo científico habanero. Una de sus principales figuras fue su secretario general, durante 20 años, Antonio Mestre, quien creó la revista de la institución, los Anales de la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana (desde 1864), la revista científica general más importante que tuvo Cuba durante el siglo XIX, que se leía en una decena de países. La academia también poseía una importante biblioteca (abierta al público) y un museo (abierto a los estudiantes).

Desde la fundación de la Academia, la medicina alcanzó mayor auge en Cuba. Se fundaron varias revistas médicas importantes, como la Crónica Médico-Quirúrgica de La Habana (1875). La Crónica fue dirigida por el oftalmólogo Juan Santos Fernández, quien también propició la fundación, en 1877, de la Sociedad Antropológica de la Isla de Cuba. A él se debe también la creación, en 1887, de uno de los primeros institutos de investigación bacteriológica fundados en América, el Laboratorio Histo-Bacteriológico e Instituto de Vacunación Antirrábica de La Habana. Esta institución, inspirada en el laboratorio de Luis Pasteur (que fue visitado previamente por un grupo de  médicos cubanos),  no sólo permitió que los estudiantes de medicina realizaran prácticas de bacteriología (que la universidad no podía ofrecerles), sino la elaboración de vacunas contra la rabia y la difteria (ésta en 1895), además de un sinnúmero de análisis bacteriológicos y químicos. Entre sus principales figuras estuvieron los bacteriólogos Diego Tamayo y Juan Nicolás Dávalos.

El mayor logro científico alcanzado por un investigador cubano durante el siglo XIX fue el descubrimiento del modo de transmisión de la fiebre amarilla, realizado por Carlos J. Finlay (1833-1915). Este médico, quien hacía años venía estudiando la fiebre amarilla y sus epidemias, llegó en 1881 a la conclusión de que la diseminación de esta enfermedad no podía explicarse adecuadamente en términos ni del contagionismo (la trasmisión del mal por contacto directo de un individuo sano con un enfermo, sus fluidos y deyecciones, o con sus ropas u otros objetos tocados por él), posibilidad que la mayoría de los médicos había desechado, ni del anticontagionismo (la trasmisión por infección causada por un agente específico y local, generalmente identificado con los “miasmas”, productos de la descomposición animal o vegetal), aceptado por algunos médicos. Si ninguna de estas dos variantes podía explicar claramente la difusión de este padecimiento, afirmó Finlay, sólo quedaba abierta una posibilidad: la del contagio indirecto, a través de un “agente intermedio”. Esta conclusión la expuso claramente el 18 de febrero de 1881 en una reunión sanitaria internacional (intergubernamental), que se celebraba en Washington, mas nadie le prestó la menor atención. Ya entonces estaba estudiando los mosquitos como posibles “agentes intermedios”, pero en los meses siguientes continuó sus experimentos, y el 14 de agosto de 1881 presentó, ante la Academia de Ciencias de La Habana, su trascendental trabajo El mosquito hipotéticamente considerado como agente de transmisión de la fiebre amarilla, donde no sólo se argumentaba su tesis del “agente intermedio”, sino que se describía con precisión la especie de mosquito que realizaba la transmisión (conocida hoy como Aëdes aegypti). El trabajo era demasiado “heterodoxo” para los médicos de la época (tanto cubanos como muchos extranjeros que lo conocían) y, aunque Finlay continuó reportando los resultados de sus experimentos, casi nadie tomó en serio su teoría. Téngase en cuenta que las ideas y trabajos de Finlay sobre la trasmisión de una enfermedad de una persona a otra por un insecto fueron pioneros en el mundo. Nadie había hecho antes tal afirmación. La comprobación oficial de su teoría por otro investigador se produjo casi 20 años más tarde.

En las últimas décadas del siglo XIX alcanzó gran auge entre los médicos cubanos el positivismo, sobre todo en su variante francesa, ya que muchos de estos galenos habían estudiado en París. Entre los pocos partidarios del positivismo inglés se hallaba el destacado filósofo y pedagogo cubano Enrique José Varona, quien en 1880 dictó, en la Academia de Ciencias, una serie de conferencias sobre psicología, lógica y ética que influyeron grandemente sobre la intelectualidad de la época. También alcanzó cierta importancia la difusión del darwinismo. En 1882, José Martí publicó, en Nueva York, un extraordinario ensayo al respecto, en ocasión de la muerte de Darwin. En 1890, todos los profesores de historia natural de la Universidad eran partidarios de la evolución y rechazaban la creación independiente de las diferentes especies biológicas. Esta tendencia la había iniciado Felipe Poey desde 1862, al introducir concepciones evolucionistas en sus clases.

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