(1832 - 1886)
Abogado y profesor. Notable escritor sobre temas de Jurisprudencia, Literatura y Filosofía. Publicó importantes artículos sobre Derecho, Literatura y Filosofía a partir de 1850 en las más importantes publicaciones periódicas de la época.
1899 - 1959 El período neocolonial
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La soberanía de España sobre Cuba terminó el 1 de enero de 1899, después de la intervención, en 1898, de los Estados Unidos en la guerra que los cubanos libraban contra el dominio colonial desde 1895. El período que aquí se examina ha sido denominado “neocolonial” por los historiadores cubanos porque, para cesar su ocupación de Cuba, el gobierno de Estados Unidos impuso la inclusión en la constitución de la nueva república del articulado de la llamada Enmienda Platt, que prácticamente convertía a Cuba en un protectorado de la Unión Americana. Esta situación se mantuvo entre 1902 y 1934, cuando dicha enmienda fue derogada por acuerdo entre los dos países; pero ya había dado lugar a un grado de dependencia comercial, financiera y política de tal envergadura, que Cuba –aunque tenía plena personalidad jurídica dentro de la comunidad internacional– en lo esencial funcionaba virtualmente como una colonia de nuevo tipo, como una neocolonia.

Durante el período generalmente conocido como Primera Intervención de los Estados Unidos (1899-1902) una de las principales preocupaciones del ejército estadounidense que ocupaba el país se relacionaba con la propagación de “enfermedades tropicales” entre las tropas, sobre todo de la fiebre amarilla y la malaria. Durante muchos años, antes de la intervención norteamericana, se había argumentado que la falta de higiene en Cuba constituía un peligro para la salud pública en los Estados Unidos. Ello se refería sobre todo a la fiebre amarilla (que, en realidad, ya era endémica en el delta del río Mississippi). La comisión médica enviada por Estados Unidos a Cuba en 1900 para el estudio de la situación epidemiológica se dedicó en especial a la etiología de la fiebre amarilla, pero al principio no prestó atención alguna a la “teoría del mosquito” de Finlay, y acudió a ella sólo cuando se encontraba en un callejón sin salida. El primero en comprobar independientemente la teoría de Finlay (con huevos del mosquito Aëdes aegypti suministrados por éste) fue el miembro de la comisión Jesse Lazear, quien falleció durante sus experimentos. El jefe de dicha comisión, Walter Reed, reportó de inmediato, en el propio 1900, sobre la base de los limitados experimentos de Lazear, la comprobación de la teoría de Finlay, pero argumentó –al mismo tiempo, para dar más relevancia a su reporte– que Finlay mismo no había llegado a comprobarla. Al año siguiente Reed llevó a cabo meticulosos experimentos que, sin embargo, sólo corroboraban las conclusiones de Finlay y otros investigadores, y –como señalara el descubridor del modo de trasmisión de la malaria, el inglés Sir Ronald Ross– no descubrían nada nuevo. Sin embargo, las autoridades sanitarias  en los Estados Unidos presentaron a Reed (fallecido en 1902) como el descubridor del modo de transmisión de la fiebre amarilla, a pesar de que figuras tan distinguidas como el propio Ronald Ross o Alphonse Laveran, ambos ganadores del Premio Nobel, reconocían la indudable prioridad de Finlay, y propusieron a éste para igual galardón. En realidad, sólo el éxito de la campaña de erradicación de Aëdes aegypti en La Habana, llevada a cabo en 1901, con el asesoramiento de Finlay, demostró de manera totalmente convincente la certeza de sus ideas.

El desarrollo de la investigación científica, bajo las condiciones de la república neocolonial, fue muy limitado. El Estado no apoyó, por ejemplo, la investigación bacteriológica, en la cual había sido pionero en América el Laboratorio Histo-bacteriológico. Cierto es que se creó un Laboratorio Nacional con fines similares, pero de efímera existencia. Tampoco recibieron apoyo las investigaciones de historia natural, mediante la creación, por ejemplo, de museos, y ello se dejó por entero a los individuos, a veces agrupados en sociedades, como la Sociedad Cubana de Historia Natural “Felipe Poey”, fundada en 1913 por el discípulo predilecto de don Felipe, el malacólogo Carlos de la Torre (1858-1950), quien –por cierto– llevó a cabo muy meritorias investigaciones sobre los moluscos de Cuba, y realizó aportes al estudio de la paleontología. Fue también un destacado pedagogo, y de cierta manera, la figura emblemática de la ciencia cubana, hasta su fallecimiento en 1950.

Otros naturalistas destacados en esta época fueron el franco-cubano Joseph Silvestre Sauget (Hermano León), quien elaboró una Flora de Cuba (5 volúmenes y un suplemento, en colaboración con el Hermano Alain), Charles T. Ramsden de la Torre (sobrino de Carlos de la Torre), quien residía en Santiago de Cuba y estudió sobre todo la fauna de la zona oriental del país, y Mario Sánchez Roig, con sus estudios sobre peces y crustáceos. Los dos últimos naturalistas crearon museos privados.

También puede mencionarse, entre los naturalistas extranjeros, a Thomas Barbour, estudioso de los reptiles y las aves, quien durante varios años supervisó (desde los Estados Unidos) la estación de la Universidad de Harvard, situada en las cercanías de la ciudad de Cienfuegos. Esta estación fue establecida, por acuerdo con dicha universidad, alrededor de 1900, por el hacendado estadounidense Edwin F. Atkins, y es generalmente conocida como el Jardín Botánico de la Universidad de Harvard. Su propósito original fue la creación (por selección de híbridos) de variedades cubanas de caña de azúcar (allí se inició este tipo de trabajo en Cuba), pero gradualmente se convirtió en el punto de partida para la labor de importantes naturalistas estadounidenses. En el jardín se creó una importantísima colección de plantas vivas de diferentes partes del mundo. Desde 1932 se la incluyó en la Guía Turística de Cuba.

En 1904, el gobierno cubano decidió crear una estación agronómica similar a la que se había formado poco antes en Puerto Rico. Para ello acudió a la contratación (hasta 1909) de un grupo de especialistas estadounidenses, varios de los cuales se esforzaron por organizar adecuadamente esta Estación Experimental Agronómica de Santiago de las Vegas, pero nunca contaron con suficientes medios para hacerlo. El hecho de que a los ojos de los cubanos, la estación se había convertido prácticamente en un enclave norteamericano, no la favorecía. Sólo a partir de la llegada en 1917 del agrónomo italiano Mario Calvino, como director de la estación, comenzaron a sentarse las bases para un trabajo más fructífero y continuado. El sucesor de Calvino, el ingeniero cubano Gonzalo Martínez Fortín, desarrolló ulteriormente la organización de este centro.

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