(1923 - 2001)
Médico oftalmólogo. Notable científico, conocido internacionalmente por haber concebido un nuevo tratamiento para la retinosis pigmentaria.
1899 - 1959 El período neocolonial
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A pesar del escaso financiamiento que tuvo, pero gracias al personal ciertamente dedicado que la integró, la Estación logró resultados muy significativos en varias áreas. Entre ellos cabe mencionar el rescate de la variedad original de tabaco cubano, llamada havanensis, realizado inicialmente bajo la dirección de Juan Tomás Roig (1877-1971), quien también estudió las plantas medicinales cubanas y realizó muchas otras investigaciones de botánica económica, y se convirtió en uno de los científicos cubanos más conocidos y reconocidos en su país. Las nuevas variedades de maíz, obtenidas durante un trabajo de más de veinte años por el genetista Carlos González del Valle se introdujeron con éxito en varios países de América Latina (Venezuela y Perú, entre ellos) y en los propios Estados Unidos, pero apenas se difundieron en Cuba.. El desarrollo del control biológico de una importante plaga de los cítricos, mediante la cría e introducción de una pequeña avispa parásita, resultó ser uno de los mayores éxitos del control biológico en el mundo. Este trabajo fue dirigido por el entomólogo estadounidense (que vivió buena parte de su vida en Cuba) Stephen Cole Bruner. Un éxito similar tuvo en 1957 el ingeniero cubano Julián Acuña, discípulo de Roig y Bruner, al determinar el carácter viral y el insecto trasmisor de una enfermedad del arroz, lo cual tuvo también una repercusión internacional. Estos son sólo algunos de los muchos logros de esta institución, que ya a mediados del siglo XX, gracias a su personal, era una de las principales de su tipo en América Latina.

Aunque figuras tan importantes como Juan Guiteras Gener (1852-1925), destacado epidemiólogo cubano, realizaban desde principios de siglo importantes trabajos en el estudio de las enfermedades trasmisibles, el gobierno cubano estableció una institución para estos estudios sólo en el año 1927: el Instituto Finlay. Esta institución contribuyó a la administración de la salud pública en Cuba y a la superación de personal médico, pero en cuanto a la investigación científica sólo sobresalió en ella la labor del patólogo Wilhelm H. Hoffmann, quien había sido médico principal del estado mayor de la armada alemana y se estableció en Cuba en 1920, por invitación de Juan Guiteras. Hoffmann determinó la existencia de zonas endémicas de la fiebre amarilla en Africa y América del Sur y varios signos patológicos de esta enfermedad.

Otro destacado epidemiólogo cubano, consultante de varias entidades extranjeras, fue Mario A. García-Lebredo (más conocido como Mario G. Lebredo); pero la figura más descollante en esta especialidad fue Pedro Kourí (1900-1964), fundador del Instituto de Medicina Tropical dentro de la Universidad de La Habana. Kourí realizó notables aportes a la parasitología. Esta institución era en realidad un pequeño laboratorio, desde donde Kourí editó una revista que tuvo determinada aceptación internacional, allí también produjo varios medicamentos novedosos contra los parásitos estudiados por él. Sus Lecciones de Parasitología y Medicina Tropical, aparecidas originalmente en 1940, tuvieron varias ediciones (escritas con sus colaboradores Basnuevo y Sotolongo) y se utilizaron como obra de consulta en diferentes países.

Alcanzaron cierto desarrollo los estudios sociales, representados por la figura predominante de Fernando Ortiz (1881-1969), cuya obra abarcó campos tan diversos como la historia, la etnología, la lingüística y la sociología. Algunos lo han considerado “el tercer descubridor del Cuba”. Entre sus obras más importantes están Los negros esclavos (1916), Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar (1940), Los instrumentos de la música afrocubana (5 vols. 1952-1955) e Historia de una pelea cubana contra los demonios (1959). Ortiz fundó también varias sociedades y revistas científicas y era un constante promotor de afanes culturales. Fue, en muchos sentidos, la figura emblemática de las ciencias sociales en Cuba durante este período.

Otros importantes investigadores, en el campo de la historia, fueron Ramiro Guerra (1880-1970), fundador de una corriente de historia económica y con obras tan influyentes como Azúcar y Población en las Antillas (1927), La Expansión Territorial de los Estados Unidos (1935), Manual de Historia de Cuba (1938, con varias ediciones posteriores) y Guerra de los Diez Años (2 vols. 1950, 1952). Fue el principal redactor e inspirador de la Historia de la Nación Cubana (1952, 10 vols.) También es de resaltar la actividad de Emilio Roig de Leuchsenring (1889-1964), Historiador de la Ciudad de La Habana, organizador de 13 congresos nacionales de historia entre 1942 y 1960, fundador de varias publicaciones seriadas y autor de Historia de la Enmienda Platt, una interpretación de la realidad cubana (2 vols., 1935, 1937) y de Los Estados Unidos contra Cuba Libre (4 vols., 1959), entre otros muchos títulos. Desde 1910 existió una Academia Nacional de la Historia, que desplegó una importante labor editorial.

Durante la Primera Intervención y en los primeros años de la República, e incluso años más tarde, Cuba sirvió de campo de prueba para varias tecnologías estadounidenses, en la misma medida en que empresas norteamericanas se afianzaron en la posesión de los principales servicios del país, basados en el uso de tecnologías eléctricas.  Entre estos servicios merecen mencionarse una gran ampliación de la red telegráfica (desde 1899), la introducción de los tranvías eléctricos (1901), el establecimiento de la telefonía de larga distancia y el virtual monopolio de la telefonía en Cuba por la Cuban Telephone Company (1909), la radiotelegrafía (telegrafía inalámbrica) comercial (1905), la radiodifusión (1922), y la televisión (1950). Sin embargo, según constató la llamada Misión Truslow, enviada a Cuba por el Banco Mundial en 1950, en el país no había ni un solo laboratorio para investigaciones tecnológicas.

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