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Palabras del Doctor José Ramón Balaguer Cabrera, ministro de Salud Pública,
en la despedida de duelo de la Doctora Rosa Elena Simeón Negrín

 
 


Acompañamos esta tarde a su última morada a la insigne científica Rosa Elena Simeón Negrín, tras largo quehacer de su fructífera vida.

Rosa Elena es parte de la generación más temprana de científicos cubanos formados por la Revolución. Desde la carrera de medicina respondió al llamado de la Dirección del país de preparar con urgencia personal en diferentes especialidades científicas.

Ella adoptó la virología como especialidad, y ante la necesidad de la nación se adentró en el estudio e investigación de enfermedades de ese carácter que pueden afectar a los animales.

Desde el principio fue una estudiante muy destacada y modesta; siempre estuvo enfrentada a sus limitaciones de salud, pero imponía su férrea voluntad y sabía sobrepo-nerse con renovada energía a sus dolencias.

Graduada de Doctora en Medicina en la Universidad de La Habana en 1966, obtuvo el grado científico de Doctora en Ciencias Veterinarias en 1975 y desde 1981 el de Investigadora Titular.

Alfabetizadora en 1961, movilizada durante la Crisis de Octubre, ingresó a la UJC en 1963 y en 1971 al Partido, del que fue miembro de su Comité Central desde 1980 y miembro suplente del Buró Político entre 1986 y 1991, miembro del Consejo de Estado, Diputada a la Asamblea Nacional del Poder Popular desde 1986 y miembro del Comité Nacional de la Federación de Mujeres Cubanas.

Su talento y entrega al trabajo le hicieron acreedora del respeto y admiración de sus colegas cubanos y del reconocimiento y el cariño de muchas personas anónimas del pueblo, que reconocían en ella una personalidad sencilla pero relevante, que encarnaba la obra de la Revolución en la importante esfera de acción que le fue confiada.

Caracterizada por su profunda convicción revolucionaria y su cabal dominio de las misiones asignadas, supo representar a Cuba en diversos foros internacionales vinculados a la ciencia, la tecnología y el medio ambiente. Su prestigio personal y autoridad moral son ampliamente reconocidos entre las autoridades y personalidades de numerosos países e instituciones científicas y ambientales en todo el mundo.

Cosechó numerosos reconocimientos científicos y profesionales y recibió las más altas distinciones como resultado de su larga y fructífera labor, entre ellas la de Heroína Nacional del Trabajo de la República de Cuba y la Orden Carlos J. Finlay, el más alto reconocimiento nacional a las personalidades científicas.

Desde joven debió asumir un rol muy destacado en la investigación y enfrentamiento de la epizootia de la fiebre porcina, que la reveló como una experta cubana excepcional. Por su calificación y experiencia adquirida fue consultante de la FAO durante varios años, y brindó sus conocimientos a diferentes países.

 


Era miembro de honor de la Asociación de Combatientes de la Revolución Cubana, en la asociación de base "Francisco Cruz Bauzá"; fue siempre muy querida y admirada en el lugar de residencia y en las organizaciones políticas y de masas de allí.

Para todos los que tuvieron contacto con ella, deja un ejemplo extraordinario. Su grave enfermedad la asumió con mucha conciencia y valor; supo soportar los numerosos tratamientos, que no dejaban de ser agresivos, y sin embargo, después que se recuperaba de los efectos adversos del tratamiento de su enfermedad, volvía a sus múltiples tareas profesionales, sociales y familiares con renovado ímpetu y entrega.

Fue la Directora fundadora del Centro Nacional de Sanidad Agrope-cuaria y en 1985 asumió la Presidencia de la Academia de Ciencias de Cuba.

En los últimos diez años de su vida fue Ministra de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente, responsabilidad desde la cual dirigió con acierto el desarrollo de las distintas ramas de la ciencia y la actividad ambiental en Cuba.

Siempre demostró muchos deseos de hacer las cosas bien, de ayudar al Comandante en Jefe, por quien sentía una particular admiración y cariño. Cada vez que tenía un momento difícil de salud, lo primero que decía era que ella necesitaba recuperarse para seguir ayudándole a él y a la Revolución.

Prueba también de sus sentimientos hacia Fidel, es que en los dos últimos días en que se agravó considerablemente, en los momentos en que tenía lucidez, mostró su preocupación extrema ante el reciente accidente que tuvo el Comandante en Jefe y que conoció por medio del noticiero de televisión.

Expresión de su entrega a sus altas responsabilidades es que hasta el último momento de su vida estuvo al tanto de todos los asuntos de su Ministerio, trasmitiendo recomendaciones y sugerencias mediante cuadros más cercanos.

Ella tuvo confianza absoluta en la medicina cubana y sabía que si había llegado hasta aquí era gracias al extraordinario desarrollo que ha alcanzado nuestro país en las ciencias médicas.

En resumen, puede afirmarse que Rosa Elena fue paradigma de lo que es una científica, una médica revolucionaria; por sus méritos ocupó como cuadro de la Revolución altas funciones de dirección y en todo aquel que tuvo directa o indirectamente contacto con ella generaba admiración y respeto por sus notables virtudes y el ejemplo que nos deja.

Rosa Elena, aquí te despedimos en la tierra que amaste y defendiste con todas tus fuerzas hasta el último aliento de tu vida.

Rosa Elena, tú no has muerto: la muerte no es verdad cuando se ha cumplido bien la obra de la vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Ciencia, Innovación y Desarrollo. Revista de Información Científica y Tecnológica Volumen 9, No. 2, 2004
 
   
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