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  Antídoto contra el pesimismo
 
 

Reflexiones de Bárbara Avendaño,  periodista de la revista Bohemia, sobre una mujer de ciencia, dotada de una voluntad extraordinaria.

 
 


Ha pasado el tiempo, y mi hija recuerda a menudo aquella pecera de coloridos habitantes que la extasiara un sábado de sus ocho años en el despacho de Rosa Elena Simeón. Ella la recibió con cara familiar, y fue para la niña la mejor recompensa, después que mamá, sin otra alternativa, la arrebatara de las sábanas tibias con el inapelable pretexto de una conferencia de prensa.

Acudir a la convocatoria de esta inigualable mujer era, para los periodistas a cargo de los asuntos del sector científico, más que una muestra de respeto por su condición de Ministra, una respuesta a la persona que sin ser dada a la publicidad, supo comprender a tiempo el valor de la prensa.

Una sonrisa recibía a cualquiera de nosotros que la abordara lo mismo en mitad de un pasillo que en un encuentro formal. Bajo su dirección surgió el Concurso Gilberto Caballero para reconocer a quienes divulgaran cuánto se hacía en materia de ciencia, tecnología y medio ambiente, y sólo faltó a las premiaciones cuando la enfermedad que la aquejaba se lo impidió.

Y no era que le gustara vanagloriarse de los resultados de su gente, igual apreciaba mucho la utilidad de un trabajo crítico. Hasta el mismo buró donde se firmaban importantes decisiones también llegaron textos polémicos publicados por alguno de los miembros del círculo de periodismo científico. Sin embargo, no juzgaba al periodista sin antes recomendar hurgar en los detalles acerca del tema tratado.

Si por ejemplo, el material defendía el entorno cubano, sabía delimitar si la intención del reportero era a favor de la educación ambiental, algo que ella propugnaba como la mejor forma de evitar contraer futuras deudas ecológicas.

Pero quizás, entre todos sus valores, el más admirado dentro del gremio periodístico era su voluntad, ésa que la hizo burlarse del empecinado mal que por años la persiguió. No se acobardó ante las tantas difíciles pruebas impuestas.

 


Muchas veces, después de varios días hospitalizada o tras cualquier recaída, podía encontrársele organizando un importante evento o dirigiendo una reunión hasta altas horas de la noche.

Guió a la comunidad científica en importantes debates y misiones. Con un esfuerzo supremo se le vio participar en la celebración del Día Mundial del Medio Ambiente (junio de 2004), Pinar del Río, y además, entregar los premios nacionales a propósito de la fecha, en el Memorial José Martí. Su fuerza de voluntad y sencillez atrajeron la consideración de la gente común.

Pinar del Río, sede por el Día Mundial del Medio Ambiente, 2004.

Hace unos meses nos encontramos a la entrada de un hospital, en el cual ella recibía tratamiento. Me saludó con alegría y comentó que ya podía hablar (el padecimiento le había provocado un trastorno del lenguaje).

En son de broma me le quejé por la cantidad de información con que nos habían atiborrado en una sola conferencia de prensa. Entonces me lanzó una carcajada al rostro, de esas capaces de sacudir al más renombrado de los pesimistas y hacerlo preguntarse ¿y tú de qué te quejas? Sin duda ese día, al menos ese día, al volver la espalda, el abatido sentiría deseos de salir a comerse el mundo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Ciencia, Innovación y Desarrollo. Revista de Información Científica y Tecnológica Volumen 9, No. 2, 2004
 
   
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